BIOGRAFIA
Gustavo Pascual Falcó nació en Cocentaina (Alicante) el 6 de mayo de 1909.
Sus padres fueron José Pascual Martí y Patrocinio Falcó Ferrer, fue el último hijo del matrimonio y el tercero por orden cronológico, después de Patrocinio y de José.

Su padre poseía cierta cultura (tomando la media de la época) pues sabía leer y escribir correctamente. Este ambiente instructivo es trasladado a sus hijos y Gustavo sigue unos estudios primarios básicos que le ayudarán en su posterior formación musical. Ya desde pequeño Gustavo fue un niño enfermizo, de salud delicada. Esta condición anómala le marcará el resto de su vida.
Tenía un carácter introvertido, bastante serio y lleno de responsabilidad.
Algo de ambiente musical tuvo en su familia, pues su padre fue presidente de la rondalla “La Paloma”. Pero en el caso de Gustavo su afición por la música fue algo que surgió desde el interior de su yo, lo que algunos denominan vocación.
Desde pequeño acude a clases de solfeo. Su primer maestro fue Antonio Pérez, padre de Enrique Pérez Margarit, que a la vez será maestro y gran amigo de Gustavo.
Ya iniciado en los primero pasos musicales tuvo que decantarse por un instrumento para empezar sus prácticas: el clarinete, del que llegará a ser un virtuoso instrumentista.
A los 10 años ya tocaba en la banda municipal de su pueblo y a los 14 años dominaba hasta tal punto este instrumento que era ya solista de clarinete. Resultaba gracioso ver a un niño tan pequeño tocar tan bien. Parecía que el instrumento le pudiera a él, cuando en realidad era todo lo contrario. Para él no existían secretos mecánicos, poseía una gran facilidad digitativa, sonoridad y limpio de ejecución.
Al ser persona de salud endeble y enfermiza, sus padres no le permitieron salir fuera de Cocentaina para cursar estudios musicales. Esta es una de las cosas que más marca la vida de Gustavo, pues si al ingenio que ya poseía, se le hubiera dado una educación musical adecuada, podemos afirmar con seguridad que sus composiciones hubiesen aumentado de número, hubiese comenzado a una edad más temprana a componer y su técnica hubiese sido más depurada.


Pero no fue así, el pequeño clarinetista siguió estudiando música a la vez que entraba como obrero en la fábrica de calzado del pueblo como cortador de piel, oficio distinguido de la época ya que sólo lo podían ejercer aquellos que gozaban de una cierta disposición manual y artística. Comenzó como aprendiz en su oficio y en su carrera musical, pero no tuvo que pasar mucho tiempo para que despuntara en las dos.

Cuando aún no tenía 13 años conoce a Consuelito, su futura mujer. Consuelo Pérez Molina, nace el 3 de septiembre de 1906 en Cocentaina. Es la hija menor de 3 hermanos, Francisca y Francisco. Sus padres elaboraban y vendían chocolate, junto a café, azúcar y especias. Se les conocía, popularmente, por el sobrenombre de Chocolateros.

El tiempo va pasando y el adolescente se convierte en adulto. Continúa en su mismo oficio, pero cambia de fábrica.

La música continúa siendo su gran pasión, por encima de su enfermedad (nunca falta a los ensayos de la banda). No se conformó con ejecutar las piezas del repertorio, sino que las estudió con profundidad y quiso conocer la técnica de la composición. Eso le condujo a dedicar parte de sus horas de estudio a la armonía. Indagó en los libros y pronto no hubo secretos para él en las melodías y en su traducción al pentagrama .
Gustavo no saboreó el ambiente de un conservatorio, ni la competencia que  representa acceder a unas oposiciones, ni los ambientes bohemios y artísticos de una capital… toda esa atmósfera que tanto pesa en la vida de un compositor, pero a cambio supo vivir e integrarse en las fiestas de su pueblo como hasta entonces ningún músico había hecho.

Acudía a todas las actuaciones de su banda. Estos años suponen en su vida como una preparación, un compás de espera, antes de llegar a la etapa de compositor. Su agudo oído musical, unido a su gran memoria y a su ingenio, hacía que cualquier melodía que escuchase fuese capaz de interpretarla íntegra a los pocos minutos. Gozó de facultades extraordinarias; conocía las claves de memoria, transportaba a primera vista los papeles de flauta, requinto, oboe… los efectos de cualquier obra.
Había empezado a tocar el violoncello.

Los instrumentos de cuerda le apasionaban, buena prueba de ello es que entre sus primeras composiciones se cuentan: Vida mía (vals) y La menina (mazurca), ambas interpretadas por la rondalla.
Tocaba también la guitarra, que utilizaba para acompañar lo que componía. Más tarde sería nombrado director de la rondalla “La Paloma”, como buen conocedor de los instrumentos de pulso y púa.

No vivía de la música, pero sí por y para la misma.
Gustavo Pascual Falcó era un gran amante de la zarzuela, de los autores líricos españoles y de la música clásica. Su obsesión era la banda, en el año 1932 se fusionan las dos bandas del pueblo bajo el nombre “Unión Musical Contestana” y a partir de ahora se crea una sociedad  musical fuerte, con cerca de un millar de asociados.
En estos años la familia de Gustavo cambia de domicilio y pasa a ocupar una vivienda en el Plà de la Font. Será en este lugar, donde el joven compositor, tras superar diversas circunstancias, descansará y se dedicará de lleno a la creación musical.

Juan Agulló, una de las pocas personas interesadas desde siempre en que el nombre de Gustavo no se olvidase y ocupara el sitio que le correspondía en la historia de la música festera definió a Gustavo “religioso de ejemplar conducta, culto y con unas vicisitudes incomparables: bondadoso, carácter alegre, querido por todos, presto a todo lo que se le pedía. Nunca se consideró sabio, ni abundó en alabanzas propias, para él todos éramos iguales dentro del círculo artístico.”

Pero las inquietudes de Gustavo iban más allá de interpretar música en la banda.
Acompañaba con su violoncello en todas aquellas funciones religiosas en la que se le permitía. Su afición por la música era tal, que no le importaba el auditorio o el marco de actuación. Así, en los tres días últimos de Carnaval, después de actuar con su violoncello en los oficios religiosos, tocaba en los pasacalles.

Esas mismas inquietudes son las que le llevan a tocar en el Cine Moderno. Es la época del cine mudo y las películas se ambientaban con música interpretada en la misma sala de cine, en directo. Gustavo, disfrutaba actuando junto algunos compañeros, y con otros cuatro amigos formaron un quinteto de cámara dedicado a realizar actuaciones en las sociedades culturales-recreativas de la localidad.

Grandes cambios históricos se producen en la España de los años 30.
1935 es un año clave en la vida de Gustavo.
El número de actuaciones que da aumentan. Su pasión por la música le roba casi todo su tiempo libre, incluso aquél que debe de dedicar a reposar y cuidar su delicada salud.
El 7 de junio de 1935, de madrugada se celebró su boda con su novia (desde hacía 14 años) Consuelito. El matrimonio de Gustavo y Consuelito poseía un ingrediente que les unía y separaba a la vez: la música.

Los conocimientos de Gustavo en materia musical son cada vez más profundos, ayudado por Enrique Pérez, su entrega a la banda empieza a recoger sus frutos.
En 1935, en la ciudad de Dénia, se organiza un certamen musical para bandas. La “Unión Musical Contestana” participa y Gustavo sobresale y da brillantez a la pieza obligada interpretando un solo de clarinete. Consiguen el primer premio.

El 18 de julio de 1936, nace su hija Carmen, justo el día del alzamiento militar.

El verano del 37 transcurre con cierta calma en Cocentaina. Gustavo disfruta los días de vacaciones junto a la familia de su mujer. Los tres hermanos, con sus respectivas familias, veraneaban en una casita a los pies de la sierra Mariola. Gustavo solía escuchar en la radio los acontecimientos de la guerra y escuchaba también música, su buen oído musical hizo que tomase como costumbre, el trasladar a papel pautado aquellas melodías que escuchaba por la radio.

Paquito, su cuñado, cogía la caja y Gustavo el clarinete, y era entonces cuando las ideas plasmadas en el pentagrama se interpretaban.
El verano finaliza y Gustavo es llamado a filas. El nuevo soldado se traslada a Alicante, en donde después de pasar la revisión médica ingresa en el Hospital Militar; donde no le practican ninguna intervención quirúrgica, ni cura alguna, sólo reposo y soledad.

Al final, mediante un pariente, consigue regresar a casa, es dado como soldado no útil pero tiene que permanecer en su casa todo el período que dure la guerra.

Al finalizar la guerra, la vida vuelve a tomar su marcha normal. Gustavo, un tanto recuperado después del reposo obligado reanuda su trabajo en la fábrica de Riera.

Se había acostumbrado ya de tal manera a tener el tiempo libre para dedicarlo a la música, que adoptó el hábito de llevar siempre encima unas hojas de papel pautado y un lápiz. Cuando en el trabajo le venía la inspiración plasmaba sus ideas en el papel, a las que después daría forma. Su sensibilidad al ritmo era tal que era capaz de transformar los ruidos metálicos y sordos de las máquinas en notas musicales. El tiempo de componer ha empezado.
“Paquito El Chocolatero” no fue sino la chispa que prendió un gran fuego en su interior.
La personalidad musical de Gustavo está encuadrada en un movimiento renovador, se rompen los primeros moldes. En esta lucha ilusionada por abrir caminos, brilla con luz singular el nombre de Gustavo Pascual Falcó, compositor todavía mal entendido por los críticos, pero un genio para la música festera.

En 1940 Gustavo y Consuelito tienen su segundo hijo, a quien dan de nombre Gustavo.
El niño nace sano y se desarrolla bien, sin embargo, muere a los cuatro años, llenando de dolor a toda la familia.

Gustavo logra ser subdirector de la banda municipal, y llega a ser presidente en 1942 de la Unión Musical Contestana. En 1943 consiguen alcanzar el primer premio del certamen de bandas que se organiza en la vecina localidad de Alcoy. Gustavo realiza salidas esporádicas para acompañar con su clarinete a otras bandas.
Mientras, la inspiración propia le llevó a componer por afición y sus composiciones, primero sencillas y de buen gusto, luego ambientadas en nuestras fiestas, le hicieron famoso en el mundillo musical contestano. Hay una nota que todo el mundo coincide en destacar: la rapidez con que escribe sus obras.

Gustavo compuso varias piezas en esta etapa de la posguerra: pasodobles y marchas moras. En las fiestas de Moros y Cristianos se utilizan para desfilar en la entrada o en las dianas. El pasodoble festero queda enraizado dentro de la propia fiesta.
Como nota curiosa destacar que el día del estreno de Buscant un Bort, al ir cargado de ritmo, timbales, timbalillos, bombo y sonalla; Gustavo estaba desorientado pues la marcha no sonaba como esperaba. Tuvo la idea de organizar la banda de diferente forma que la de costumbre. La parte rítmica delante, acompañamiento y melodías detrás y finalmente los instrumentos de contratiempo.
Se probó y dio resultado positivo.  Los aplausos cubrieron de gloria al compositor en el curso del trayecto. Su viuda recordaba como la gente lo llevó a casa a hombros.
Esta nueva formación de la banda, original suyo, persistirá a posteriori. La obra le ha dado a Gustavo el título de renovador de la música festera, abriendo horizonte por el que otros compositores han encontrado formas nuevas de expresión.

También compuso  dos motetes de Semana Santa:
* La Dolorosa
* El Nazareno

En 1944 su enfermedad se agudiza y se opera en el Hospital Clínico de Valencia.
Tras la operación y larga convalecencia queda muy resentido. En 1945 es cuando estrena su marcha Buscant un Bort, obra que sentará las bases para una remodelación en las marchas moras.
El 25 de mayo de 1945, nace su hijo Gustavo, el tercero por orden cronológico y el segundo que vive.

Gustavo piensa que debe registrar sus obras en la Sociedad de Autores, pero lo va dejando y el tiempo pasa rápido. El compositor ve asegurado su futuro con los derechos de autor, pero aún no se decide a registrar sus obras. La carpeta, con las partituras y apuntes de Gustavo, pasó de manos de su mujer a las de su banda. Las consecuencias que ello trajo, tras su muerte, fue muy distinto a lo que él esperaba.


En 1945 sus compañeros, músicos y festeros, deciden homenajear al músico y compositor. El 21 de octubre en el teatro Gadea, se organiza un concierto a beneficio de Gustavo Pascual Falcó y en el que colaboran diferentes entidades y personalidades de su pueblo. El homenaje trajo ilusión, alegría y sobre todo agradecimiento. Reconocimiento a una labor hecha y esperanza en poder proseguir la misma tarea. Gustavo recibió el homenaje con serenidad y complacencia.

Este acto fue como el adiós al amigo, aún presente, que unos meses más tarde partiría para siempre. El homenaje consiguió que al menos Gustavo muriese habiendo saboreado las mieles del éxito como compositor, aunque quizá sin imaginarse la trascendencia que su obra iba a adquirir.
La enfermedad le fue minando rápidamente en sus últimos días. La operación no había dado los resultados esperados. Ya no podía realizar una vida normal.

Finalmente, debilitado tiene que permanecer en la cama de reposo. Gustavo no sale de casa pero continúa componiendo. Sufría con entereza la enfermedad, pero no se resignaba a morir.  Era demasiado joven, con familia y con un pequeño que aún empezaba a gatear. Musicalmente estaba en lo mejor de su carrera…


Lo único que le consolaba era que gracias a su ingenio su esposa e hijos no pasarían por malos trances económicos.
El mes de abril de 1946 atravesó su dolencia por una fase de gravedad de la que ya no se recuperaría. Estuvo consciente hasta el último segundo de su agonía, guardando hasta el final un rayo de esperanza.
El 17 de abril de 1946 moría con 36 años de edad.


Para el entierro se le vistió con el traje de músico. El entierro tuvo lugar al día siguiente, Jueves Santo. El féretro fue acompañado por su banda la “Unión Musical Contestana” portando sus instrumentos pero sin hacerlos sonar al ser Jueves Santo.
Su familia quedó desconsolada y en la indigencia: una viuda y dos niños en aquellos días difíciles de la posguerra. Su viuda entregó su música a sus compañeros para que su trágico fin no sirviera de cortapisa.

La historia de Gustavo es como la de cualquier hombre sencillo, normal; pero la música enciende la chispa de la genialidad que el hombre lleva dentro.

Gustavo murió, pero su música nunca morirá.
* Texto extraído del libro “Gustavo Pascual Falcó, Un músico, una época, un pueblo” de Mª Dolores Insa Ribelles.